28/03 Los Ángeles

Hoy era nuestro último día los cuatro juntos (de momento). Pero no adelantemos acontecimientos. Ni cantéis victoria: no, estos cuatro mamones aún no se vuelven a casa.

Lo que ocurre es que Edurne y Lorena se tenían que ir ya a San Francisco porque tienen que trabajar allí. Recordad que la excusa inicial de nuestro viaje fue que ellas tenían que venir por trabajo. Así que les hemos dejado elegir lo que haríamos durante la mañana y han elegido ir a Santa Mónica a estar por la playa.

Una vez allí, hemos aparcado y buscado la atención de nuestras necesidades según la pirámide de Maslow: antes de ir a la playa o recorrer la ciudad, teníamos que desayunar. Y antes de desayunar, localizar una wifi. Sin problema: hay una wifi pública que cubre casi toda la ciudad. Me refiero a la ciudad de Santa Mónica que, pese a estar rodeada por Los Ángeles por todas partes (salvo la que da al mar), sigue siendo un municipio independiente.

Hemos intentado ir a desayunar al Cheesecake Factory por puro frikismo, pero resulta que no abre hasta mediodía, así que hemos aterrizado en un café cercano. Bastante bien el desayuno, servido por una camarera a la que seguía otra sin separarse ni medio metro. Hemos deducido que la segunda empezaba hoy y estaba aprendiendo el oficio.

Al salir del motel el día estaba muy nublado, pero mientras desayunábamos ha despejado y se ha quedado un día bastante bueno. Soleado, aunque con un poco de viento. Bueno para nuestros propósitos. En primer lugar, hemos ido al muelle de Santa Mónica. Nuestro último contacto con la Ruta 66 que, teóricamente, termina aquí. Hay un poste en medio del muelle que así lo señala, además de las correspondientes tiendas de recuerdos. Y más cosas, con algunos músicos callejeros, un tiovivo bajo techo (como el de la película El Golpe), restaurantes y demás.

Luego nos hemos ido a pasear junto a la playa, por el paseo marítimo. Y, cuando nos hemos cansado, a recorrer parte del centro peatonal de la población. En general, es un sitio de playa bonito. Y la playa en si es enorme.

Allá a las dos ya hemos vuelto a coger el coche en dirección al aeropuerto. Pese a estar cerca, nos ha costado más de media hora llegar. Es que Los Ángeles es muy grande.

Una vez hemos llegado, hemos dejado allí a Lorena y Edurne (nos vemos en unos días, chicas) y Tereixa y yo hemos enfilado hacia Santa Bárbara, donde vive mi amiga Mireia. Cuando viene a Madrid suele alojarse en mi casa, así que era hora de devolverle la visita. Santa Bárbara está al lado de Los Ángeles, de modo que hemos puesto el TomTom y... ¿106 millas? A ver, Los Ángeles es MUY grande. Y eso que el aeropuerto no es, ni mucho menos, la parte de la ciudad más lejana.

Habíamos quedado a las siete y hemos llegado sobre las cinco y media, así que hemos recorrido un poco la población. Santa Bárbara es bastante bonito, mantiene el estilo colonial español de su origen. Para mí ha sido una agradable sorpresa. Y luego nos hemos metido a hacer una pequeña cata de vinos en una de las muchas tiendas especializadas de la ciudad. Tenían algunos vinos bastante buenos.

Finalmente, nos hemos reunido con Mireia y su chico, Wilcox, en el restaurante en que habíamos quedado. Cris, aquí te dejo una foto para que veas a la nena, aunque, tal como habíamos acordado, la tengo en el maletero y te la llevo de vuelta a casa en unos días.

Bien maja me la he encontrado, Cris

Después de cenar, como había bastante ruido, nuestros amigos nos han llevado a otro bar más tranquilo a tomar algo y charlar un rato. La pena es que teníamos que volver a Los Ángeles y había mucho trozo, porque lo estábamos pasando muy bien. Chicos, si volvemos por aquí, os avisamos otra vez.

Y ya, como os decía, a casa. Pese a no haber circulación ha sido hora y media larga de camino. Pero bueno, aun llegando después de medianoche, hoy sí que he escrito la entrada del blog, como podéis ver. Mañana empezamos nuestro recorrido por la costa californiana hasta San Francisco.

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