18/03 Madrid - San Francisco
El despertador suena a las 5:30 y me levanto. Yo. A las 5:30. En fin, el día ya solo puede ir a mejor.
De todos modos, no tengo demasiado sueño. Me arreglo, mi taxi viene puntual, recojo a Edurne y al aeropuerto. No voy a volver a tumbarme en una cama hasta 24 horas después, a ver qué tal pasamos el viaje.
Nada que reseñar hasta el embarque, salvo el navajazo que nos atizan por el desayuno. Pero eso tampoco es muy reseñable en un aeropuerto, ¿verdad? Ya dentro del avión, un tipo que se sienta detrás de nosotros le monta el pollo a la azafata porque han cambiado su maleta de sitio. Bueno, por eso y porque sabe que la pobre azafata tiene que aguantar mecha. Estos tipos que aprovechan su situación de superioridad me cabrean mucho. En fin, merluzo a bordo.
El viaje hasta Atlanta no ha tenido mucha historia. De vez en cuando nos daban algo de comer, de vez en cuando echaba una cabezadita, y entre medias veía alguna peli o jugaba un rato a algo. Bueno, peli, solo una: El indomable Will Hunting, que aún no había visto nunca. La verdad es que me costaba bastante entender algo cuando Will hablaba con sus amigotes, pero oye, hay que ir haciendo oído. Aunque el acento barriobajero de Boston no creo que tenga mucho que ver con el de California. Para que os hagáis una idea del tamaño de este país: Boston está más lejos de Los Ángeles que Lisboa de Moscú.
Aterrizamos puntualmente a las dos, hora local (19h española) en Atlanta. Casi cuatro horas de escala, pero menos mal, porque invertimos más de dos en pasar la aduana y cambiar de terminal. Puedes ahorrar mucho tiempo en la aduana si has entrado antes en el país con el mismo pasaporte, pero Edurne lo ha tenido que cambiar recientemente. Claro, los demás podíamos haber pasado por la otra fila, pero decidimos ir juntos. Luego nos arrepentimos, pero la insultamos un poco y ya se nos pasó. Además, gracias a esto pudimos ver al oficial de inmigración pidiendo a Tereixa que saltara para entrar en la foto.
Una vez más, este es un país muy grande: de Atlanta a San Francisco hay cinco horas y media de avión. En fin, el vuelo fue una continuación del anterior. Incluso era el mismo modelo de avión y Tereixa y yo teníamos los mismos asientos. Aquí echamos alguna siestecita más, que ya llevábamos muchas horas despiertos.
Llegamos a San Francisco puntuales, poco después de las ocho, hora local. Cuatro de la mañana hora española, así que ya bastantes cansados. Tal vez por eso nos columpiamos al ir a por las maletas y nos cambiamos de terminal. Vimos un cartel de American Baggage Claim que nos pareció un poco raro, pero bueno, sería porque eran salas distintas según vinieras de Estados Unidos o de fuera, y nosotros veníamos de Atlanta. Pero no: el American era por American Airlines. Y nosotros veníamos con Delta. Y habíamos pasado una puerta de Exit Only. En fin, preguntamos y, al cabo de un rato y una buena vuelta, acabamos al otro lado de otro Exit Only que antes habíamos evitado. Resulta que las maletas se recogen fuera de la zona de llegadas. Sí, se puede llegar tranquilamente desde la calle. En fin, ahí estaban nuestras maletas, dando vueltas en el carrusel.
Ahora nos faltaba el coche. Para ello había que coger un trencillo como el de la terminal satélite de Barajas y luego una lanzadera. Joder, hasta para estas cosas el sitio es enorme. Porque en la lanzadera fuimos montados un buen rato, hasta un hotel donde también estaba la oficina de Sixt. Y donde no tenían nuestro coche. Tíos, que estamos ya muertos, no nos vengáis con mierdas...
En fin, después de tres o cuatro cambios, acaban dándonos un Toyota Camry con bastante maletero, que era lo que más nos interesaba. Y, por suerte, ir a recoger el coche ya nos habían acercado al hotel. Aun así, los cuarenta minutos hasta Pleasanton se me hicieron eternos. A mis compañeras, menos, porque iban sobando. Me debéis una, chicas.
Y directos al sobre. Nos dimos un poco de tiempo extra para dormir, pero al día siguiente a las nueve ya queríamos estar saliendo. Y vale, la entrada de hoy ha quedado sosa, pero mañana empieza la parte que mola.

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