21/03 El parque de las secuoyas
Nuestra idea para hoy consistía en ir de Yosemite a Pahrump, nuestra base para ir luego al Valle de la Muerte (spoiler), pasando por el lago Tahoe. Esto nos daba para todo el día, ya que hay más de 800 km de distancia. Pero Lorena mencionó que le daba pena no ir a ver las secuoyas de Mariposa Grove, una parte de Yosemite actualmente cerrada porque están trabajando en ella. Así que pensamos: ¿por qué no rodeamos Sierra Nevada por el sur, en vez del norte, y aprovechamos para entrar en el Parque Nacional de las Secuoyas? Realmente, el rodeo por el sur es más corto, pero lo habíamos descartado porque el camino no ofrecía muchos alicientes (ya que íbamos a pasar el día viajando, al menos ver cosas). Así que, aun con el desvío, la distancia era parecida. Decidido: adiós, lago, y hola, secuoyas.
Seguimos con nuestra trayectoria de levantarnos más temprano cada día, a las seis y poco ya estábamos todos despiertos, y, tras un poco de lío con las llaves (menos mal, porque me había dejado el móvil cargando en la tienda y así me acordé de recogerlo), antes de las ocho estábamos en la carretera. Esta vez el trayecto por dentro del parque fue más largo que a la entrada, así que nuestro primer objetivo del día se retrasaba. Pero finalmente lo conseguimos en un pequeño pueblo llamado Oakhurst: atizarnos un desayuno de los que hacen época. Tanto es así que ya ni comemos a mediodía. Esto es un consejo que doy a cualquiera: cuando estés de viaje, desayuna todo lo fuerte que puedas, que a lo mejor hasta la noche no vuelves a comer.
El caso es que, tras la comilona, he pensado que había entrado demasiada materia en mi cuerpo y era justo que les dejara algo, así que he ido al servicio. Me estaba ya lavando las manos cuando ha entrado un lugareño y se ha metido en la cabina que acababa de abandonar. Tras cerrar la puerta, ha exclamado:
- ¡Hey! ¡Qué bien, tengo el asiento caliente!
No he podido evitar la risotada. En la América profunda, la gente tendrá sus cosas, pero, en general son todos muy majos.
- En otros sitios me cobran un dólar por esto.
- No se preocupe: para usted, es gratis.
En fin, he dejado a mi nuevo amigo arreglando sus asuntos y me he reunido con mis amigas para seguir camino. Esta vez, Tereixa no podía quejarse de la música: en la radio nos han puesto a ZZ Top y en el restaurante, a la Creedence.
Hoy Lorena tenía el día de coche y lo estaba llevando durante todo el trayecto, así que yo iba de copiloto. Hemos pasado un desvío hacia el parque de las secuoyas, pero el TomTom indicaba que siguiéramos hacia el sur y lo hemos hecho. Me he mosqueado un poco y he buscado en Google Maps: también nos indicaba que debíamos haber cogido el desvío. En fin, abreviando: que en el TomTom habíamos puesto una parte del parque que no era. Conque hemos dado un rodeo importante, pero al final hemos llegado al parque. Voy a sacar la tarjeta de los parques, que había guardado en el parasol del coche, y... no está. Miro y parece evidente que se ha deslizado por una ranura que queda entre el espejito y el cuerpo del parasol. Instantes de pánico. Yo ya daba la tarjeta por perdida, porque no veía cómo sacarla. Pero Lorena ha metido un papel no sé cómo y lo ha conseguido. Oye que nos había costado $80, no era una tontería. En fin, para dentro sin pagar los $30 de la entrada.
Y en seguida hemos visto por qué Google nos daba una duración tan larga para el camino, si ya casi estábamos en la zona de los grandes árboles y nos había sobrado mucho tiempo: la parte final es un puerto bastante chungo. Se sube de los 2000 a los 6000 pies (de 600 a 1800 m). En fin, tres cuartos de hora para 15 millas. Eso sí, el paisaje era precioso. Y, al final, bastante nevado.
Sí, la zona de los grandes árboles tenía bastante nieve. Hemos dado un paseo por donde están casi todas las mayores secuoyas del parque (y del mundo) con cierta dificultad por la nieve. Pero es un paseo impresionante. La pena es que íbamos un poco apresurados porque veíamos que, entre una cosa y otra, íbamos a llegar a Pahrump a las mil.
Pero, claro, no hemos querido irnos sin ir a ver el General Sherman, la gran estrella del parque, y no es para menos: es el mayor árbol del mundo. No en altura ni en anchura (aunque es muy alto y muy ancho, otras secuoyas del parque lo superan), pero sí en volumen total. Casi 1500 metros cúbicos de árbol. Aproximadamente, el mismo volumen que ocupan 20000 personas. Veinte mil, sí. Las secuoyas son impresionantes.
Bueno, hemos tenido que irnos, que ya eran las 16h y faltaban para nuestro destino... ¿7h15? Uf, el día anterior habíamos calculado mal algo. En fin, íbamos a tener que llamar para avisar de que llegaríamos a medianoche. El señor nos ha dicho que bueno. Que le llamáramos al llegar al pueblo para despertarle y nos daría las llaves. Jo, pobre.
Lorena ha seguido conduciendo para evitar marearse en la bajada del puerto, pero luego ha continuado hasta que hemos parado a cenar, pasadas las siete. Se ha chupado más de ocho horas de volante, aunque los coches automáticos son más llevaderos. La cena, otra vez en un sitio típicamente americano, aunque menos bestia que el desayuno. De hecho, nos ha salido más barata. Y luego ya he llevado yo el coche el resto del camino.
Una curiosidad: a lo largo del trayecto hemos echado gasolina dos veces, y la segunda ha sido mucho más cara. En el pueblo donde hemos desayunado valía unos $2,40 el galón (3,785 l) y a la entrada del Valle de la Muerte, unos $3,40. Bastante menos que en España en ambos casos, pero la diferencia es importante.
Sí, hemos atravesado parte del valle al final del recorrido, pero, al ser de noche, no hemos visto mucho, pese a la luna llena. Mañana lo arreglaremos.
Y, entre las paradas y que nos hemos perdido miserablemente dentro de Pahrump (por cierto, ya en el estado de Nevada), hemos llegado al parque de caravanas casi a la una. Sí, hoy dormimos en una caravana. Mucho más espaciosa que la tienda de Yosemite. En fin, me voy a dormir, que ayer a estas horas llevaba ya cinco horas frito. Hasta mañana.


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