26/03 El Cráter del Meteoro
Aunque anoche no os lo dije, ya teníamos pensado qué íbamos a hacer hoy: ir a ver el Cráter del Meteoro. Aunque es cierto que no lo llevábamos planeado de antes; nos juntamos después de cenar y lo decidimos. El cráter es un sitio que quería visitar desde que era pequeñito. Salía en unos libros que tenía y me parecía un lugar inalcanzable. Bueno, pues no me he muerto sin verlo.
Hemos quedado a las 8:30, que se está convirtiendo en nuestra hora estándar, para desayunar, aunque los cuatro estábamos listos desde antes. Bueno, Lorena un poco menos, porque tenía que acabar unas cosas de trabajo, así que ha bajado un poco más tarde. Entre unas cosas y otras, a las diez en la carretera. Hacia el sur, atravesando el Bosque de Coconino. Sí, se llama así. Y entonces no imaginábamos la de horas que íbamos a pasar en él.
Un par de horas más tarde, a las doce en punto, hemos llegado al centro de visitantes del cráter. Que no está en suelo público, sino que pertenece a una empresa. Hace más de un siglo, un ingeniero de minas llamado Daniel Barringer adquirió el terreno del cráter, que a nadie interesaba en absoluto, y se puso a excavar en el fondo del mismo con el fin de demostrar su hipótesis: que el cráter no era de origen volcánico, sino que lo había causado un meteorito. Entonces no se creía que los meteoritos pudieran hacer esas cosas. Barringer creía que el meteorito estaría enterrado bajo el cráter y murió sin encontrarlo. Hoy sabemos que el meteorito se desintegró con el impacto, pero poco después de la muerte de Barringer se pudo demostrar la corrección de su hipótesis y se reclasificaron cientos de cráteres más de todo el mundo. La familia de Barringer sigue explotando el cráter, pero hoy día ya con fines científicos y turísticos.
Hay visitas guiadas de casi una hora por el borde del cráter quince minutos después de las horas en punto. Por tanto, nosotros hemos llegado justo a tiempo para coger una. La visita es bastante interesante, aunque, entre el acento de nuestra guía y el ventarrón, no hemos entendido ni la mitad de las explicaciones. El cráter tiene unos 1200 m de diámetro y unos 150 m de profundidad, más otros 50 m de altitud del borde. Y eso que se calcula que ha perdido diez o doce por la erosión del viento. Sin embargo, es uno de los mejor conservados del mundo, si no el mejor, gracias a que es relativamente reciente (de hace unos 50000 años) y, aunque el viento es fuerte, apenas hay erosión por el agua, al estar en el desierto.
Aparte de la visita guiada, hay un audiovisual de diez minutos que se proyecta cada media hora; si lo cogéis a la hora en punto, podéis salir e ir directos a la visita guiada. Las explicaciones son parecidas a las que dan los guías, pero claro, mucho más fáciles de escuchar. Y también se puede ver desde unos observatorios que hay resguardados del viento por el propio centro de visitantes. Tienen telescopios para ver mejor el cráter, incluidas las figuras de un astronauta y una bandera a tamaño natural que hay en el fondo y ayudan a hacerse una idea del tamaño del conjunto (a simple vista, ni se ven). Estas figuras se deben a que la NASA usó el cráter como lugar de entrenamiento para los astronautas del proyecto Apolo.
En fin, ya veis que he disfrutado de nuestras dos horas en el cráter. Pero teníamos que irnos. Nuestro siguiente destino estaba cerca: la pequeña ciudad de Sedona, cerca de Flagstaff, la ciudad más importante de la zona. Una amiga de Lorena le había recomendado ir, aunque no teníamos muy claro el motivo. Pero lo descubrimos: la bajada por el bosque de Coconino es muy bonita, tanto por el bosque en sí como por las formaciones rocosas. Sí, el cráter está en el desierto, pero no muy lejos de él hay un bosque. Arizona es así. Y, aunque haya escrito "bajar", seguíamos estando a bastante altitud, aunque ya algo por debajo de los 2000 m.
Por la bajada veíamos muchos coches aparcados. Parece que la zona es popular. Pero no esperábamos el fenomenal atasco a milla y media de Sedona. Más de media hora hemos tardado en ese trocito. No sabemos qué pasaba en el pueblo para que hubiese semejante avalancha de visitantes. Y nos hemos ido sin saberlo porque hemos dado media vuelta nada más llegar. Sí hemos visto que es bastante bonito y que está lleno de locales de lecturas de tarot, curaciones mágicas, lecturas de aura y similares. ¿Tendría que ver con esto la afluencia de gente?
En fin, vuelta a Flagstaff y seguimos camino hacia nuestro destino final: Needles. Todo el trayecto por la I-40, la autopista que ha sustituido la famosa Ruta 66. Pero esta ruta sigue existiendo en algunos tramos, así que hemos ido alternando. Primero, con una parada para tomar café (y tarta) en Williams, un pueblo turístico de la ruta.
Can I get a Haaaaallellujah...
Y después, tomado el tramo completo entre Seligman (el pueblo donde empezó el fenómeno de la Ruta 66) y Kingman. El tramo en sí no vale gran cosa, solo atraviesa pueblos pequeñitos con algún bar muy de vez en cuando, pero los dos extremos sí. La ruta es un muestrario de lo que aquí llaman americana; es decir, esa estética propia de los Estados Unidos de los años 50 y 60, incluida la música, la contracultura, los bares de carretera y demás.
Y una curiosidad que había en la carretera: los anuncios de Burma-Shave. Consisten en, normalmente, seis carteles seguidos, de los cuales los cinco primeros forman un mensaje y en el sexto sale la marca, Burma-Shave. Al parecer, estos anuncios eran habituales en las carreteras estadounidenses hasta los años sesenta. Ahora han reintroducido algunos por nostalgia en sitios como la Ruta 66, pese a que la marca ya no existe. Pero los anuncios son graciosos. No apunté ninguno, pero en xkcd hicieron una vez una parodia:
Can I get an Amen...
Edurne quería cenar en lo que ella llama un sitio de skay rojo; es decir, uno de estos restaurantes de carretera alargados, con la barra al fondo y todas las mesas junto a las ventanas, a poder ser con bancos de skay rojo, y una camarera llamada Rhonda que te coge la comanda y te trae la comida. Y de esos hemos visto unos cuantos. Pero aún no teníamos hambre por culpa de las tartas de Williams (que estaban tremendas, la verdad).
Feels like the Holy Ghost running through ya
When I play the highway FM...
Pero bueno, ¿es que no nos podemos librar de la maldita canción? Eso nos pasa por poner emisoras de country, supongo. Hay una canción llamada My Church que no paran de poner y ya nos tiene un poco rallados, aunque reconozco que es pegadiza. Pese a lo que puede parecer, no es una canción religiosa; va sobre conducir por la autopista con la radio puesta y ponerse a cantar. Supongo que a las radios les mola y por eso la ponen sin parar.
En Kingman ya hemos vuelto a la interestatal que nos llevaría a Needles. Y aquí sí que hemos cenado en el Wagon Wheel, uno de esos locales. Needles también está en la Ruta 66, al fin y al cabo. Vale, los bancos no eran rojos, pero sí de algo parecido al skay, así que cuenta.
Y ya a dormir. En un motel, que queda más rutero. Después de tanta naturaleza, nos apetecía un poco de americana.

Comentarios
Publicar un comentario